Octavo Centenario de la Carta Magna


CartaMagna

El 15 de junio en la sede el ex Congreso Nacional de Chile se llevó a cabo un seminario académico para conmemorar el octavo centenario de la Carta Magna, un trascendental documento medieval suscrito entre el rey Juan de Inglaterra y su nobleza el año 1215. En el seminario, el contenido, contexto, vigencia y trascendencia de esta promulgación fueron analizados desde la historia medieval, la ciencia política y el derecho constitucional. La actividad fue organizada por el Centro de Estudios Medievales y la Facultad de Derecho de la Universidad Gabriela Mistral en asociación con la Embajada Británica en Santiago y con el patrocinio de UNESCO, el Centro de Extensión del Senado y el Tribunal Constitucional de Chile.  

A continuación ponemos a disposición el video completo de este seminario dividido en dos bloques, gentileza de TV Senado.

 

La Carta Magna de la Inglaterra medieval y la situación política actual

José Manuel Cerda Costabal. Doctor en Historia, Vicerrector Académico y Director del Centro de Estudios Medievales de la Universidad Gabriela Mistral

Un 15 de junio hace 800 años, un grupo de nobles en Inglaterra forzaron al rey Juan Sin Tierra a hacer inéditas concesiones en un documento que hoy se conoce como la Carta Magna. El escrito pactado, en una pequeña isla del Támesis entre Londres y Windsor, reconoció los derechos y privilegios que este infame monarca había violado en el transcurso de su breve y turbulento reinado.

Aunque probablemente ninguno de estos actores en ese momento comprendió la trascendencia del hecho, la Carta Magna se convertiría en uno de los textos más citados y célebres en la historia constitucional de Occidente y en un referente ineludible para las declaraciones modernas de derechos fundamentales. Sus cláusulas principales fueron invocadas en la Gloriosa Revolución de Oliver Cromwell en el siglo XVII, parte de su contenido se incluyó en la Constitución de Estados Unidos en 1789 y ha inspirado a líderes mundiales como Thomas Jefferson, Mahatma Ghandi, Winston Churchill y Nelson Mandela, entre muchos otros. Lord Alfred Denning, prominente jurista británico, señaló en 1956 que la Carta Magna es “el más grandioso de los documentos constitucionales de todos los tiempos -la fundación de la libertad del individuo ante la autoridad arbitraria del déspota”.

Lecturas constitucionalistas y anacrónicas como esta han forjado una leyenda en torno a la Carta Magna, un texto que ha sido manipulado para justificar todo tipo de declaraciones y posturas. Hay que recordar que el documento también prohibió la instalación de redes de pesca en las orillas del Támesis y otros ríos de Inglaterra y uniformó ciertas medidas y pesos de productos alimenticios en el reino, nada de los cual podría considerarse muy constitucional o de gran relevancia política. También es importante señalar que en 1215, los derechos protegidos por la Carta Magna beneficiaron a un grupo muy pequeño y privilegiado de la población y que hoy sólo 3 de sus 63 cláusulas originales están vigentes en los estatutos de Inglaterra y Gales. Tampoco es correcto sostener, como la han hecho muchos devotos de la Carta Magna, que el rey Juan fue el más perverso y despótico monarca que haya tenido Inglaterra en su historia. Se olvida muchas veces que su turno para reinar coincidió con años muy atribulados, que fue mal asesorado y que su hermano, el supuestamente grandioso Ricardo Corazón de León, le entregó un reino en la quiebra económica, asediado por enemigos foráneos y con mucha hostilidad de la nobleza local.

Por otro lado, aunque el acuerdo de 1215 fue suscrito en una isla, no se trata en ningún caso de un texto aislado, ni tampoco del primer intento de codificación legal en la Edad Media. Ya en 1100 el rey Enrique I -tatarabuelo de Juan- prometía en su carta de coronación proteger y honrar las leyes y costumbres del reino y en 1164, las Constituciones de Clarendon fueron consensuadas entre Enrique II y sus nobles en una asamblea que legisló sobre las relaciones entre la monarquía y la Iglesia. En España, la mal llamada Carta Magna leonesa de 1188 también reguló la relación política entre la monarquía y la nobleza en una asamblea que ha sido considerada el primer parlamento de Europa y recientemente declarada patrimonio intangible de la Humanidad por la UNESCO. Tanto el carácter parlamentario de esta reunión convocada por Alfonso IX, como la naturaleza constitucional de los decretos allí emitidos son cuestionables y todavía se discute la datación misma del texto. Pero lo cierto es que la carta inglesa de 1215 se enmarca dentro de un fenómeno continental más amplio y tiene importantes antecedentes insulares. No se trata de un documento único ni adelantado a su época.

No obstante, la Carta Magna ha sido muy aludida hasta nuestros días, aunque lo cierto es que muchos que se refieren a ella sin haberla leído y menos todavía se ha logrado un consenso con respecto a su significado. Para comprender el texto, es necesario considerar el contexto y así poder trazar paralelos con la situación política que vive Chile y el mundo.

Algunos años antes de subir al trono, Juan había actuado de manera arbitraria e injusta durante la regencia que debió asumir cuando su hermano Ricardo luchaba contra Saladino en la Tercera Cruzada. Tras la muerte del famoso rey cruzado, Juan fue coronado como rey de Inglaterra en 1199, estando ya el reino en una situación frágil y dirigiéndose a una desastrosa. El rey de Francia y sus nobles recuperaron gran parte de los territorios que durante décadas habían estado en manos de la nobleza de Inglaterra. El rey fue excomulgado por el papa y el reino fue declarado interdicto debido a la oposición de Juan a los designios de Inocencio III. Al mismo tiempo, el rey encarcelaba y expropiaba a los nobles rebeldes, disponía de sus mujeres y bienes, imponía sobre sus súbditos insólitos impuestos para financiar sus antojos e inútiles campañas militares y como si estas políticas arbitrarias y abusivas no bastaran, Juan decidió rodearse de asesores extranjeros; un grupo mezquino, negligente y resentido por todos en Inglaterra.

Todo esto desembocó en una violenta rebelión nobiliaria que tuvo como efecto una reunión conciliatoria de los principales señores feudales con el rey y sus asesores el 15 de junio de 1215. Juan consiguió apaciguar los ánimos autorizando con su real sello las 63 cláusulas que conforman la Carta Magna y que plasman el respeto exigido por los rebeldes a las antiguas costumbres del reino y a los derechos propios de todo hombre libre.

En este sentido, el texto fue un tratado de paz entre un rey y un grupo reducido de nobles y que benefició solo a la población libre de Inglaterra, más que una declaración constitucional de derechos fundamentales y universales. Como pacto pacificador fue un fracaso inmediato, ya que fue anulado por el pontífice unos meses después y el rey no tenía intención alguna de honrarlo, pero con el paso de los siglos, se ha convertido en un documento trascendental por su contenido constitucional y porque algunas de sus cláusulas resultan sorpresivamente modernas y vigentes. Solamente en el siglo XIII, la Carta Magna fue ratificada y emitida nuevamente en 1216, 1217, 1225 y 1297 y esta última copia fue vendida por más de 21 millones de dólares en una subasta en Nueva York el año 2007, el precio más alto que se ha pagado por un documento de la Edad Media.

En cuanto a su contenido, hay cláusulas que establecen que por el bien y la paz de todos, ciertos impuestos sólo podrán aplicarse con el consentimiento general del reino; otras que los oficiales del rey que han cometido abusos serán penalizados y que los siniestros asesores foráneos serán expulsados. Si se me permite la comparación, es aquí donde las palabras de este antiguo documento invitan a reflexionar sobre la contingencia política de nuestro país, como también en el momento que viven otras naciones del mundo.

Los apartados más famosos y citados de la Carta Magna (38-40) declaran que a nadie se le negará el derecho a la justicia, que las acusaciones sean realizadas por un grupo confiable de testigos y que ningún hombre libre será arrestado, encarcelado o desposeído, a menos que exista un debido proceso, conducido por sus pares y de acuerdo a la ley del reino. Esta trascendental proclamación de la soberanía de la ley por sobre la voluntad del gobernante -algo que la tradición constitucional inglesa atesora como el rule of law– se vincula a la más importante de las cláusulas del documento; una que merece mayor atención y análisis que el dedicado por los estudiosos de la Carta Magna. Al final del texto, se lee que para terminar con las discordias que han surgido entre la monarquía y la nobleza, el cumplimiento de lo prometido por el rey Juan ha de ser vigilado por un consejo de veinticinco barones, elegidos por la comunidad política del reino; un grupo autorizado y empoderado para ajusticiar al monarca con la confiscación de sus bienes, castillos y tierras, en caso de transgredir las cláusulas pactadas. Nuevamente, nuestros pensamientos se dirigen a la coyuntura nacional, con una discusión instalada en torno a la legitimidad de una asamblea constituyente como vehículo de reforma constitucional.

Pero tal vez lo que más ha llamado la atención de la Carta Magna y la ha elevado por sobre todos los documentos de su época, manteniendo así una perenne vigencia, es que este antiguo escrito consagra la protección de derechos humanos esenciales que todos compartimos. Paradójicamente nuestra ilustrada modernidad ha conseguido que en muchos países del mundo se haya legislado para atentar en contra del más humano de todos los derechos como es la vida y peor aún, en contra del más indefenso e inocente de los seres humanos, como es el que está por nacer.

En la cultura política de la Europa medieval, estaba asumido mucho antes de la Carta Magna el principio de la delegación divina del poder a los reyes, quienes subían al trono no como dueños sino como administradores y como gobernantes sometidos a la ley de Dios, respetuosos de las costumbres y legislación del reino y responsables de sus acciones y omisiones. Tal vez lo más inédito y novedoso de la Carta Magna es que consagra a la escritura -y por lo tanto a la posteridad- estos principios y especifica además el consentimiento para los impuestos, las condiciones para el debido proceso judicial y la sujeción del gobernante a las leyes y el consejo nobiliario elegido por la comunidad.

No cabe duda alguna que estas disposiciones apoyaron el desarrollo del parlamentarismo en Inglaterra y el de las monarquías constitucionales en Europa, con dinastías que deben hasta el día de hoy regirse por la ley y el consenso de la clase dirigente. Lamentablemente todavía hay naciones flageladas por gobernantes y legisladores -elegidos o no por vías democráticas- que se alzan por sobre la ley e imponen la ideología, la corrupción o la arbitrariedad en desmedro del bien común. Como también hay países donde no existe una verdadera autonomía y separación de los poderes del estado y donde el poder judicial pareciera estar al servicio del ejecutivo o legislativo, o incluso sometido por sus designios, poniendo así en riesgo el estado de derecho que se ha forjado durante siglos.

Para los británicos, la tradición histórica está todavía muy presente en el debate actual y este año la conmemoración del aniversario de la Carta Magna es considerado un evento de interés nacional. Además, hay artículos de este documento medieval que siguen siendo parte vigente en la legislación del Reino Unido y muchos de los que han sido derogados siguen inspirando la práctica jurídica de alguna forma u otra. En una nación como Inglaterra en la que conviven  tradición y modernidad, monarquía y democracia, la Carta Magna encarna el vínculo de un pueblo con su historia y la resiliencia de ciertos principios fundamentales a los avatares de revoluciones, ideologías, regímenes y movimientos.

A pesar de las comparaciones aquí sugeridas, en Chile estos vestigios históricos del constitucionalismo británico parecen irrelevantes y anquilosados, pero el reciente desprestigio que ha afectado a la clase dirigente, la desconfianza en el funcionamiento y autonomía de las instituciones, la creciente frustración nacional con el devenir de las reformas y el cuestionamiento generalizado a la conducción política del país, invitan a considerar los hechos del pasado que han forjado nuestras sociedades, mentalidades y culturas. Que hoy se conmemore este documento manifiesta el carácter perenne, universal y trascendental de ciertos principios que rigen o debieran regir la vida política y la convivencia social de las naciones. Al final, son las sociedades que han aprendido las lecciones de la historia las que han sabido enfrentar su futuro de mejor forma. Así como Juan Sin Tierra -nefasto apelativo que se explica por todo lo mencionado- debió responder a  un indignado grupo de nobles, los gobernantes se encuentran hoy con una ciudadanía cada más informada y empoderada. No debiera ser esta condición la que motive el buen gobierno, sino el apego de los políticos a los principios morales y jurídicos que rigen en toda sociedad civilizada.

La cláusula 61 de la Carta Magna declara que “los barones elegirán a veinticinco del reino…que deban con toda su fuerza observar, mantener y hacer observar la paz y las libertades que les hemos otorgado” y que si éstas fuesen violadas o modificadas por el rey o sus oficiales, que sea denunciado y reparado de forma inmediata. Esta promesa que luego  Juan no cumplió, desencadenando una guerra civil en Inglaterra y un intento de invasión y conquista por parte de Francia, es sin embargo un llamado no solo a nuestros gobernantes, sino a la sociedad entera. Quizás esta carta escrita hace ocho siglos nos recuerda que debemos anteponer el bien común, el estado de derecho y la integridad de las personas a nuestros intereses particulares y a la desatada ambición por el poder y el dinero que en la historia de la humanidad ha sembrado tanto odio, intolerancia y violencia.

Una lectura de la Carta Magna revela cómo las sociedades del pasado se han enfrentado a coyunturas similares. Sin ningún ánimo de acudir a anacronismos que pretendan imponer soluciones centenarias a problemas actuales, ni tampoco de sugerir que todo tiempo pasado fue mejor, el conocimiento de eventos históricos como la Carta Magna que el 15 de junio cumple ochocientos años, permiten dar perspectiva a nuestra actualidad y comprenderla así con mayor sabiduría.